LA FUNCIÓN DEL TEATRO EN LA ERA DEL COLAPSO
¿ Por qué el teatro tiene que volver a doler ?

¿Cómo frena el capitalismo la existencia de un espectador despierto en el teatro? ¿Es necesario un teatro que te remueva las vísceras por dentro? ¿Por qué son necesarias las conciencias revueltas?

Frente a la supremacía del algoritmo, las miras estrechas de un mercado capitalista y las salas abarrotadas de comedia evasiva, la escena sigue siendo el último refugio donde juntarnos a pensar. Permitidme ser sincero: la mayor parte del teatro convencional me aburre soberanamente. Salir de casa, pagar una entrada y tragarme noventa minutos de un texto tibio para terminar aplaudiendo por compromiso me parece una pérdida de tiempo. Que no se me entienda mal: el humor y el entretenimiento no solo son necesarios, sino vitales; yo soy el primero que los necesita en primera línea para sobrevivir al día a día. El problema es cuando el mercado convierte el humor en un sedante social.

 

 

Cualquiera que haya intentado mover un proyecto de tinte político que comprometa a los teatros sabrá de lo que hablo. La respuesta casi siempre es un patrón que se repite: “¿Llevas algo de comedia?, la gente solo quiere comedia y reírse”. El capitalismo prefiere salas llenas de risa fácil antes que butacas semiocupadas y conciencias revueltas, alimentando esa tendencia donde los creadores de TikTok nacidos en la pandemia llenan teatros con una comedia dócil que no rasca donde pica.

En un momento donde la crisis climática, la amenaza bélica y el avance de la ultraderecha nos quieren aislados detrás del móvil, compartir un espacio con “taitantas” personas a ver otros seres humanos en acción y poniendo el cuerpo es un acto de revolución colectiva.

El teatro que nos transforma no se concibe como “un ratito para despejar la mente” tras una jornada intensa de ocho horas. Desde el distanciamiento de Bertolt Brecht —que exigía un espectador despierto— hasta el compromiso ético de Alfonso Sastre, o la visceralidad de Angélica Liddell, la escena crítica te lanza preguntas en forma de cuchillos directamente al estómago.

Lo revolucionario de este tipo de teatro no acaba con el aplauso final. Cuando la obra te toca donde duele, sales a la calle con ese “algo” que no sabes certeramente lo que es y te obliga a abrir el debate en la terraza de enfrente con un vino en la mano. La conversación que nace en el bar podría trasladarse al trabajo, a más amigos y a la familia. Te conviertes en un agente de cambio y, a su vez, todas esas personas con las que te relacionas.

Frente a la excusa de que «la gente solo quiere desconectar», la realidad demuestra lo contrario cuando la propuesta tiene verdad. Cerca de la Región de Murcia lo sabemos bien: la compañía ilicitana SomnisTeatre llevó a escena la tragedia del YAK-42 (2014), trabajando hombro con hombro con la Asociación de Familiares de Víctimas del Yak 42 para romper un silencio institucional asfixiante, ofreciendo una experiencia brutal, humana y absolutamente desoladora de la que nadie salió igual.

 

 

Esa misma pulsión se siente en el tejido local cuando Teatro Voraz enseña las grietas del sistema. Aye Cultura Social utiliza el arte y las artes escénicas como herramientas para la inclusión, la transformación comunitaria y el cambio social.YampoTeatro aborda desde la autogestión textos combativos, memoria histórica republicana, feminismo de clase y visibilización de las periferias locales. Y ocurre también a nivel estatal, cuando se apuesta por el teatro documento o el teatro verbatim —como los trabajos de Lucía Miranda—, o cuando propuestas jóvenes exploran la masacre de la carretera Málaga-Almería («La Desbandá») durante la Guerra Civil Española, Nacional 340 de Al Límite Teatro.

El ejemplo definitivo fue uno de los últimos bombazos que pasó por Murcia: 1936. Una obra donde el lenguaje físico, la potencia performativa, el rigor documental y el texto visceral dejaron a los espectadores extasiados. La gente no huye del conflicto; huye de lo insustancial.

Nuestra sociedad no necesita más cantidades ingentes de entretenimiento anestésico. Frente al scroll infinito, los discursos de odio y el miedo al colapso, el teatro político tiene que ser invasivo, incómodo y profundamente colectivo. Que quede claro que esto no se trata de soltar panfletos ni de adoctrinar a nadie, sino de abrir un espacio necesario donde el malestar individual se transforme en una pregunta compartida.

El escenario sigue siendo ese lugar mágico/sagrado donde todavía podemos ensayar y vislumbrar otros mundos posibles. Si una obra no sirve para tambalear los cimientos al que escucha y transformarse en conversación más allá del espacio teatral, entonces solo es ruido decorativo. Y para ruido decorativo, sinceramente, ya tenemos bastante con las redes.

Pluma Exiliada

Director y formador teatral

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