Ante nosotros, la clase obrera y el pueblo trabajador del mundo, se presenta una ola autoritaria y reaccionaria que no solo se enfrenta a la revolución, sino incluso a los fundamentos de lo que se ha llamado «democracia» o «democracia liberal». Muchos analistas nos hablan de que responde a ciclos históricos, sin indicar a qué se deben. Pero, para saber cuál es su fundamento y nuestra estrategia revolucionaria frente a ella, debemos atrevernos a conocer la naturaleza real de esta «democracia liberal». Claro está, ninguno de los apologistas de esta «democracia liberal» se va a atrever a señalar sus entrañas. Nosotros, los revolucionarios, sí podemos. Y debemos.
Lo que ellos llaman “democracia” o “democracia liberal” ha sido, y es, la democracia colonial/imperialista. En este serial de artículos se analiza cuáles son sus fundamentos, su crisis, la sustitución por el autoritarismo y la alternativa revolucionaria frente a ella. Esperemos que con este serial se abra un debate revolucionario para doblegar este futuro y convertirlo en oportunidad revolucionaria.

SOBRE LA DEMOCRACIA COLONIAL/IMPERIALISTA
Desde que somos niños nos instruyen, en la inmensa mayoría de familias y en las escuelas, acerca del valor de la democracia frente a diferentes tipos de dictadura. Nos afirman que la democracia representa el poder de todos los miembros del pueblo por igual, sin una gran preeminencia de individuos o grupos. ¿Es esto así?
Utilizamos el término democracia, que proviene del griego clásico: demos (pueblo) y kratos (poder, dominio, fuerza), para referirnos a una organización política (polis, ciudad) por la cual el “pueblo”, a través de diferentes mecanismos e instituciones, de forma directa (asamblearia, referéndum…) o indirecta (representativa), toma las decisiones. Además, para ser considerada “democracia pura”, todos los miembros del “pueblo” son libres e iguales.
Este concepto no solo está tomado del griego porque es la forma tradicional en que se han formado los nuevos términos en el mundo occidental, sino porque se toma como ejemplo práctico original la llamada “Democracia Ateniense”. Y se toman como guías originales los conceptos de sus principales filósofos-políticos, Platón y Aristóteles.
Atenas era una ciudad-estado de la cultura griega en la que se desarrolló principalmente el modo de producción esclavista. Aunque había trabajadores asalariados, productores o comerciantes libres, la mayor parte de su economía y forma de vida se basaba, desde siglos antes de la breve “democracia”, en el esclavismo.
Existía, como en otras polis griegas, un pequeño grupo que poseía gran cantidad de esclavos y otros medios de producción, que eran la élite de la ciudad y que monopolizaban el poder, principalmente a través del control del ejército. A diferencia de otras polis griegas como, por ejemplo, Esparta, la economía ateniense no era casi exclusivamente agraria en manos de terratenientes. Debido a su gran puerto (el Pireo), existían amplios sectores comerciales, de servicios, etc. Esta fue una de las bases para que, sin dejar el monopolio del poder militar que garantizaba el orden esclavista, esta oligarquía ateniense extendiera la administración de la polis a más sectores del “demos”, desde el siglo VI antes de Cristo al IV A. C. Este régimen político fue organizado o eliminado por la élite económico-militar en varias ocasiones.
Del demos (ciudadanos con derecho a voz y voto) estaban excluidos, además de los esclavos, las mujeres y los extranjeros residentes. Es decir, la inmensa mayoría de la población de la polis. La “democracia” era de tipo asambleario; esto requería una gran dedicación. Por ello, todos los que tenían que dedicar gran parte de su tiempo a trabajar, tenían que ser pastoreados por la fuerza pública para que acudieran a las asambleas generales, desde los centros comerciales, de ocio, etc. Todos o parte de los miembros de las familias de la élite esclavista se dedicaban en exclusiva a la cosa pública (res publica); no solo a las asambleas, sino también a los órganos ejecutivos y a la necesaria formación. A ello se dedicaban las academias como las de Platón y Aristóteles.
Nos encontramos, pues, ante una ínfima élite aristocrática en el poder (oligarquía), con la colaboración de otra pequeña parte de la población en papeles secundarios y temporales.
Una cosa similar ocurre con las revoluciones burguesas; la burguesía y sus historiadores las llaman ahora “revoluciones liberales” en un intento de ocultar la clase en el poder. Con la burguesía como fuerza directriz y el proletariado y el campesinado como fuerza motriz, las revoluciones burguesas destruyeron el poder feudal. Disolvieron sus ejércitos y construyeron otros que eran fieles al nuevo orden capitalista, donde uno de los principales derechos humanos es el derecho de propiedad capitalista, y el resto se articula respecto a este. Crearon nuevas instituciones “democráticas” para sus nuevos estados. A diferencia de los regímenes “democráticos” de tipo asambleario de las polis, los grandes estados burgueses desarrollan instituciones de carácter representativo (parlamentos). Durante este periodo (hasta el siglo XX), la burguesía no esconde cuál es la clase con poder de decisión con sufragios censitarios; el censo electoral depende de la renta y/o propiedades, y se restringe a los hombres burgueses. Por ello, sus historiadores hablan de una “democracia liberal limitada». Volvemos al esquema ateniense: una gran burguesía –ínfima élite– que organiza y controla el ejército, policía… – que garantizan su orden-, y una administración en la que caben otras clases propietarias –una minoría de la población-. Quedan totalmente excluidos de la administración los obreros, campesinos pobres, extranjeros… y las mujeres de todas las clases.

Y llegamos al siglo XX en el que, según los historiadores burgueses, se llega a las “democracias plenas”. Es precisamente en el momento en que se desarrollan las gigantescas burguesías con una unidad personal y familiar, gestada durante décadas, con los principales aparatos de poder —ejército, policía, altas instancias judiciales…— cuando se consigue la participación política de la inmensa mayoría de la población. Con ello se consigue dar una apariencia democrática a sus regímenes políticos oligárquicos.
Pero, ¿es siquiera cierta esta apariencia?
Ni eso. Sigue excluida de la participación política formal la inmensa mayoría de la población bajo el poder de estos estados. ¿Cómo? En base al sistema colonial, primero, y al sistema imperialista o neocolonial, después.
Las grandes burguesías de las potencias coloniales (Inglaterra, Francia, EE. UU., Bélgica, Holanda…) son las que poseen los regímenes de supuesta “democracia plena” en la pequeña población de las metrópolis, al tiempo que explota y expolia, a sangre y fuego, las colonias. Este sistema de “democracia plena” colonial se mantuvo hasta los procesos de descolonización de finales del XIX y primera mitad del XX.
Después, los sistemas coloniales se sustituyeron por el sistema de dominación imperialista o neocolonial. Las metrópolis coloniales sustituyen, en la mayoría de los casos, la dominación colonial por la injerencia en los estados y élites militares-administrativas-económicas de las naciones descolonizadas. La presión militar, la dependencia de las inversiones y la deuda pública para mantener la explotación y el expolio… son los sistemas de dominación imperialista.
Gracias a concentrar en las metrópolis los procesos de producción más cualitativos y al expolio exterior, los capitalistas transnacionales van creando una élite obrera que se vuelve mayoritariamente nacionalista/colonialista. Los nuevos derechos políticos, libertades individuales, prestaciones laborales, sociales, no solo son fruto de la lucha obrera, sino del pacto tácito o abierto de participar y sostener el orden colonial/imperialista. Es por eso que los obreros de las colonias luchan tanto o más que los de las potencias, y obtienen bien poco.
No han existido, ni existen siquiera en apariencia, las “democracias plenas”. Solo existen las democracias de clase. En este caso de las grandes burguesías imperialistas.
Vamos a tomar como ejemplo el estado paradigma de la democracia imperialista: el llamado líder del “mundo libre”, los EEUU.
Vamos a dejar aparte de este análisis los mecanismos internos que garantizan el orden: el control del ejército por parte de las élites financieras, industriales…, los mecanismos de represión policial que han limitado las opciones políticas a los partidos demócratas y republicanos (es como si en España solo se pudiese elegir entre PP y VOX), el control de la información por los oligopolios informativos vinculados a los magnates del país, la exclusión de los derechos políticos de millones de inmigrantes, presos, etc. Nos vamos a centrar en su dictadura imperialista, por la que se garantiza que sus neocolonias no votan o lo hacen bajo la amenaza imperial.
Vamos a no extendernos tampoco en las intervenciones, en base al control económico a través de la dependencia de inversiones y la creación y el control de la deuda; bien sea directa o a través del Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial, etc.
https://es.wikipedia.org/wiki/Fondo_Monetario_Internacional
Vamos a centrarnos en los golpes de Estado que ha promovido o apoyado y sus invasiones militares directas. Según estudios de universidades y periódicos de los mismosEE. UU., la cifra asciende a 350, solo desde 1982.
En otro enlace podemos leer los cientos de golpes e invasiones solo en América Latina.
Y en este otro enlace, las decenas de intervenciones declaradas en los últimos siglos, a las que hay que sumar muchas más secretas o desarrolladas directamente por algunas de sus grandes empresas o a través de países interpuestos.
https://es.wikipedia.org/wiki/Anexo:Intervenciones_militares_de_los_Estados_Unidos
Se pueden realizar listados similares de otras potencias, como Inglaterra, Alemania, Francia, Japón, Rusia/URSS, etc.
La mayoría de los pueblos oprimidos o no tienen ni siquiera el derecho formal al voto o lo tienen de forma limitada y en breves periodos, bajo la amenaza de la espada imperialista.
Apoyar la “democracia plena” imperialista es apoyar a las multinacionales con el nacionalismo y su reformismo de este orden nacional e internacional. Este apoyo no solo supone renunciar a la libertad y el poder de nuestra clase y para conformarnos con algunas mejoras, sino aceptar que estas mejoras se basan, en gran medida, en la superexplotación obrera y el expolio de los pueblos dominados a sangre y fuego. Las masacres, genocidios, etc., que han provocado las potencias coloniales/imperialistas en los últimos siglos, dejan muy atrás en amplitud y número a las perpetradas en las guerras entre potencias o en la represión interna de los regímenes más criminales (nazi, estalinista…). Ahí tenemos, como ejemplo reciente, el genocidio palestino.
Una vez expuestas las verdaderas entrañas de la democracia imperialista, la pregunta es: ¿qué ha cambiado en las últimas décadas en el mundo que ha hecho que gran parte de las oligarquías imperialistas la intenten sustituir por el autoritarismo?