¿QUÉ OCURRE CUANDO LOS QUE TIENEN PODER INTENTAN DECIDIR QUÉ DEBEMOS APRENDER?

¿Desaparece la desigualdad cuando conseguimos entrar a la universidad? ¿Qué porcentaje de jóvenes provenientes de familias con un nivel educativo inferior obtienen un título de educación terciaria? ¿Y de jóvenes provenientes de familias con un alto nivel educativo? ¿Qué papel ocupa la educación a la hora de corregir desigualdades?

Desde pequeños nos han enseñado que la educación es el camino hacia la libertad.Pero, ¿qué ocurre cuando los que tienen poder intentan decidir qué debemos aprender?En las aulas, no solo aprendemos matemáticas, idiomas nuevos o ciencias; también aprendemos a relacionarnos, a preguntarnos sobre lo que nos rodea y, poco a poco, vamos conociendo nuestros derechos. Es por esto quequien pueda controlar la educación sabe que tiene la enorme capacidad de influir en las generaciones del futuro.

Al ser las aulas uno de los principales espacios donde los jóvenes desarrollamos nuestra forma de entender la sociedad, en un momento en el que las ideas de extrema derecha están ganando presencia entre los jóvenes, es necesario preguntarnos qué discursos están llegando a nosotros y qué herramientas tenemos para cuestionarlos. El aumento de estas ideas no refleja necesariamente que los jóvenes no tengamos pensamiento crítico; al contrario, muestra la importancia de fomentar desde las aulas una educación capaz de enfrentarse al odio y a los discursos que buscan convertir problemas sociales tan complejos en respuestas simples. Sin embargo, este concepto no puede restringirse a las aulas, sino transformarse en participación y en lucha, una lucha que no puede empezar únicamente cuando llegamos a la universidad. Ha de empezar en nuestros institutos, en nuestros barrios, entre los hijos de los trabajadores y entre el proletario que sufre las consecuencias de este sistema.

Para construir una juventud capaz de enfrentarse al fascismo y transformar la sociedad, no es suficiente con que los hijos de los obreros lleguemos a estudios superiores, pues la desigualdad no desaparece cuando conseguimos entrar. También debemos tener la posibilidad real de permanecer en ellos y formarnos. Naturalmente, el origen social sigue condicionando a los hijos de obreros el acceso a estudios superiores como los universitarios. Sin embargo, no se trata únicamente de una cuestión económica, ni mucho menos intelectual; también lo hacen todas las condiciones sociales que nos engloban como individuos del sistema que limita el transcurso de la vida estudiantil para el proletario.

Los estudios muestran que el origen de clase sigue teniendo un gran peso en nuestra trayectoria como estudiantes. Según la OCDE, el 26% de adultos jóvenes de familias con un nivel educativo inferior obtuvo un título de educación terciaria, frente al 70% de adultos jóvenes procedentes de familias con un alto nivel educativo1. Entendemos este fenómeno entonces como “ascensor social”, la capacidad individual de mejorar nuestras condiciones de vida y alcanzar una posición social y económica diferente a la de su familia de origen. Estos datos no nos hablan únicamente de quién consigue llegar a la universidad; nos hablan de las posibilidades que tenemos de continuar nuestra formación y de acabar con las condiciones sociales de las que venimos.

Si la educación debería ser una herramienta para que nuestro origen no determine nuestro futuro, es preocupante que siga existiendo una relación tan fuerte entre el nivel educativo de nuestros padres y el que alcanzamos nosotros.

Esta relación entre el origen familiar y el nivel educativo no surge de manera repentina ni puede explicarse únicamente a partir de las decisiones individuales de cada 

1Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). (2025, 9 de septiembre). El nivel educativo alcanza máximos históricos, pero aún persisten las barreras de acceso y las bajas. Tasas de finalización, según la OCDE. estudiante. Existen muchos factores que influyen en nuestro recorrido desde mucho antes de que tengamos que decidir qué queremos estudiar. Uno de ellos es el “capital cultural”, los conocimientos, hábitos y formas de relacionarnos con la educación que aprendemos en nuestro entorno más próximo. No es lo mismo crecer en un entorno donde la universidad forma parte de lo cotidiano y se conocen las oportunidades que ofrece, que hacerlo en uno donde ese camino resulta más lejano y desconocido. No se trata de que unas clases tengan más capacidades o conocimientos que otras, sino de que no todas tenemos el mismo acceso a los recursos y oportunidades.

El coste de oportunidad de seguir estudiando es también un factor crucial dentro del desarrollo cultural, académico y laboral. Ello es debido al hecho de que estudiar durante más años significa retrasar la entrada al mundo laboral y seguir teniendo, por tanto, gastos relacionados con los estudios. Para algunas familias esto puede ser más fácil de afrontar, mientras que para otras supone un esfuerzo mucho más grande. Por eso una desigualdad que empieza en la clase social de la que venimos puede ir acumulándose durante nuestro recorrido educativo y terminar influyendo en las posibilidades que tenemos de llegar hasta el final.

Este conjunto de desigualdades ayuda también a entender por qué el abandono escolar no puede analizarse únicamente desde las elecciones personales de cada alumno. De esta forma, lo que muchas veces se presenta como un fracaso personal puede ser también el resultado de unas condiciones sociales que repercuten en las opciones disponibles según el estrato social de cada individuo.

Visto que el origen social sigue teniendo un papel tan importante en nuestro proceso de aprendizaje, entonces hay que preguntarse qué papel está jugando la propia educación para corregir estas desigualdades. Esta debería ser una de las principales herramientas para que la categoría social no determine hasta dónde podemos llegar; debería ser el espacio en el que un hijo de un obrero pueda tener las mismas posibilidades de desarrollar sus capacidades que cualquier otro estudiante. Sin embargo, para que esto sea posible, no es suficiente con reconocer la educación como un derecho; necesitamos que exista una educación pública capaz de garantizarlo en la práctica. Y es justo aquí donde aparece otra de las grandes contradicciones del sistema educativo. La privatización de la educación.

En algunos barrios se cierran aulas públicas, y miles de estudiantes encuentran dificultades para acceder a una plaza pública de Formación Profesional o universitaria, ya que los gobiernos autonómicos destinan recursos públicos a financiar los centros privados.¿Por qué el dinero público no se utiliza principalmente para garantizar que todos los estudiantes tengamos acceso a una educación pública de calidad?

Sin embargo, no se trata de impedir que quien quiera pueda estudiar en un centro privado, sino preguntarnos qué tipo de educación estamos pagando con los impuestos de todos. Si se reducen plazas y recursos concretamente en centros públicos, aumentan las ayudas o facilidades para las opciones privadas.

Cuando la educación pública no dispone de suficientes plazas o determinadas enseñanzas, quienes pueden permitírselo, ya sea por tiempo, dinero o necesidad, tienen la posibilidad de buscar otras alternativas, mientras que quienes no pueden hacerlo se limitan a las opciones que tengan a su alcance. Además, cuando hablamos de privatización, no podemos olvidar que la educación pública garantiza que personas que provienen de distintas posiciones sociales puedan compartir los mismos espacios, acceder al mismo conocimiento y aspirar a las mismas oportunidades.

Si el acceso a la educación y a determinadas oportunidades depende cada vez más de la posición que se ocupa dentro de la estructura social, el sistema educativo corre el riesgo de reproducir y profundizar las desigualdades de clase ya existentes. Volvemos a la cuestión del ascensor social. Si una de las principales herramientas que tenemos para superar las desigualdades de nuestro origen depende cada vez más de la clase social a la que pertenecemos, ¿cómo podemos esperar que la educación consiga igualar nuestras oportunidades? Para que eso sea posible, la educación pública no puede ser la alternativa para quien no puede permitirse otra alternativa; tiene que ser una garantía de que cualquier joven, independientemente del lugar del que venga, va a poder tener el futuro que desea.

Tampoco podemos reducir esta cuestión a decir que todas las familias que recurren a la educación privada tienen un estatus social privilegiado, ya que existen familias trabajadoras que realizan un enorme esfuerzo económico y renuncian a otras necesidades para poder costear la educación de sus hijos, al considerar que la enseñanza pública no responde plenamente a sus necesidades.

Desde esta perspectiva, esto debería hacernos reflexionar, porque si una familia tiene que pasar por un sacrificio económico para acceder a una educación que considera adecuada para sus hijos, el problema no está en esa familia ni en su decisión, sino en un sistema que no está garantizando las mismas posibilidades dentro de la educación pública sin que condicione la clase social de cada uno.

Estas diferencias no afectan únicamente a los recursos materiales, sino también al capital cultural que cada estudiante puede desarrollar y a las oportunidades que tendrá mañana. Por lo tanto, no se trata de juzgar a quienes eligen o necesitan recurrir a la enseñanza privada, se trata de preguntarnos por qué una familia trabajadora tiene que plantearse si puede permitirse pagar para asegurar a sus hijos determinadas oportunidades educativas. Una educación completamente pública debería hacer que ninguna familia tuviera que elegir entre asumir un gasto que puede poner en riesgo su economía o aceptar una oferta educativa que no considera suficiente.

También deberíamos cuestionar qué entendemos realmente por libertad de elección. Se nos presenta como una posibilidad al alcance de todas las familias, pero no todas parten de las mismas condiciones para ejercerla. No tiene la misma capacidad de elección quien puede asumir unos gastos determinados que alguien que depende exclusivamente de la oferta educativa pública de su entorno.

No obstante, todo lo que ocurre dentro de la educación termina teniendo consecuencias fuera de ella. La forma en la que aprendemos, los conocimientos a los que tenemos acceso y las preguntas que nos hacemos durante nuestra etapa como estudiantes influyen también en la manera en la que interpretamos lo que ocurre a nuestro alrededor. Y esto cobratodavía más importancia en una generación que recibe constantemente información, opiniones y mensajes políticos a través de las redes sociales.

Del mismo modo, no podemos ignorar que los discursos de extrema derecha han conseguido hacerse cada vez más presentes entre una parte de los jóvenes. Así que, después de hablar de las desigualdades que existen dentro de nuestro sistema educativo, también debemos preguntarnos por qué estos discursos consiguen convencer a parte de nuestra generación y qué hay detrás de este crecimiento.

Una de las razones por las que estos discursos pueden resultar atractivos es que ofrecen respuestas aparentemente sencillas a problemas que en realidad son mucho más complejos.

Sin embargo, para entender por qué estas ideas pueden tener más fuerza entre una parte de la juventud, no basta con señalar a las redes sociales. Las generaciones anteriores también vivieron momentos de crisis y tuvieron acceso a medios de comunicación capaces de influir en la opinión pública, por lo que hay que cuestionarse qué ha cambiado.

Cuando una persona joven se encuentra con dificultades para encontrar trabajo, acceder a una vivienda o tener estabilidad económica, es fácil que un discurso que señala rápidamente a un culpable pueda resultar convincente. Las sucesivas crisis económicas, el aumento del coste de la vivienda, la precariedad laboral y la incertidumbre sobre el futuro pueden generar frustración e inseguridad, sentimientos que determinados discursos políticos aprovechan para presentar problemas complejos como si tuvieran un único responsable. A esto se suman los conflictos y debates relacionados con la inmigración, que la extrema derecha utiliza frecuentemente para señalar a colectivos como responsables de problemas económicos y sociales que tienen causas mucho más profundas.

En este contexto, las redes sociales no crean por sí solas estas preocupaciones, pero sí permiten que los mensajes se difundan a una velocidad y a una escala mucho mayores. Nos permiten recibir cientos de mensajes en muy poco tiempo y favorecen que aquellos contenidos capaces de provocar una reacción inmediata tengan una gran difusión. Un mensaje, una imagen o un vídeo que presenta una realidad de manera muy sencilla puede llegar a miles de jóvenes antes que una explicación que necesite tiempo para comprenderla. Esto no significa que los jóvenes seamos incapaces de pensar por nosotros mismos, pero sí que vivimos rodeados de mensajes que compiten constantemente por nuestra atención. Además, estos discursos no siempre se presentan de una manera que podamos identificar de inmediato como extrema derecha. Pueden aparecer disfrazados de humor, de provocación o de simples opiniones sobre problemas del día a día, hasta que poco a poco ciertas ideas comienzan a normalizarse.

El problema real surge cuando la intolerancia se vuelve sentido común y la defensa de los derechos humanos se transforma en objeto de burla. Es por eso quela respuesta no puede ser simplemente decirnos a los jóvenes qué tenemos que pensar. Si queremos enfrentarnos al fascismo, necesitamos una juventud capaz de analizar lo que escucha, contrastarlo y preguntarse quién se beneficia de determinadas ideas y qué problemas quedan en la sombra cuando se nos ofrecen respuestas demasiado fáciles. La lucha contra estos discursos no puede consistir en sustituir un pensamiento impuesto por otro, sino en conseguir que aprendamos a pensar, cuestionar y organizarnos por nosotros mismos. Y precisamente por eso la educación vuelve a estar en el centro de esta cuestión. Una educación pública que nosenseñe únicamente a aprobar exámenes no es suficiente para resolver este problema. Necesitamos una educación que también nos permita comprender la realidad, conocer nuestros derechos y reconocer cuándo alguien intenta convertir nuestros problemas en odio. Porque una juventud que es capaz de entender las causas de lo que hay a su alrededor es mucho más difícil de convencer con respuestas basadas en el miedo y la división.

La educación no es neutral porque tampoco lo es la sociedad en la que vivimos. Cadadecisión sobre qué se enseña, cómo se enseña y a quién se garantiza el acceso a ello acaba teniendo consecuencias sobre la sociedad en el futuro. Por eso, defender una educación realmente pública y accesible no significa pensar solo en los problemas que tenemos hoy, sino también en la sociedad que estamos construyendo para las generaciones que vienen. En definitiva, educarnos también significa aprender que las cosas no tienen por qué seguir siendo como eran en el pasado y es ahí donde comenzará de verdad nuestra capacidad para cambiarlas.

María González

Estudiante de 1º de Bachillerato

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